Para que no nos invada el silencio

Por: Iliana García Giraldino Fotos: Karoly Emerson (Siempre con Cuba/ICAP)

Cuando Tokuko Kimura tenía 10 años, un día fatal, se encontraba jugando a las muñecas con su hermanita, sintió el ruido infernal de una explosión y por la ventana de la habitación sus ojos infantiles vieron a lo lejos, con horror y pánico, una bola de fuego naranja…

Así comenzó el estremecedor testimonio de una sobreviviente del bombardeo atómico de Estados Unidos a Japón, en 1945. Hoy ella tiene 82 años y es incansable en su batallar por la paz y el desarme nuclear.

“La espantosa experiencia que viví entonces no deseo la sienta nadie en ningún país del mundo, por eso los hibakushas estamos recolectando firmas por la desnuclearización”, dijo durante el Foro por la paz y la abolición de las armas nucleares, efectuado el sábado 21 de octubre en La Habana como parte del programa de la visita número 17 del proyecto Peace Boat a Cuba.

La menuda mujer de dulce expresión y sonrisa amistosa, cuando recuerda y narra aquella tragedia de la humanidad la seriedad de su rostro no puede ocultar que sufre intenso dolor desde entonces, por ella, por su familia, por sus compatriotas, por la humanidad.

Tokuko Kimura vivía en Sinchi, Nagasaki, a unos 3,5 kilómetros de distancia del hipocentro de la explosión. Eso lo supo después. Nada comprendía. Quedó atrapada bajo una pared de su casa que se desplomó y moviéndose desesperadamente pudo zafarse. “Me dirigí a un refugio antibombardeo. Allí todo era oscuridad y me estremecí cuando nos invadió el silencio …”

” Al llegar hasta allí mire al cielo. Parecía anochecer cuando en realidad era de día. Era un tiempo húmedo y alcancé a ver una masa gris que avanzaba, eran personas huyendo, con caras y brazos rojos, y su piel y vestidos se derretían juntos…algunos cuando les dábamos agua dejaban de respirar…”

Y continuaba el pavoroso relato: veía desfilar a los heridos pero no podía hacer nada por ellos…regresé a mi casa que estaba semidestruida. En la noche podíamos ver en el cielo el fuego que continuó quemando hasta la madrugada.

Vi que la estación de Nagasaki estaba destruida y todo, más allá de la estación, se había convertido en un campo quemado.

Caminando pisé algo blando, y tuve la sensación en mis pies de que era un cadáver, pero tenía tanto miedo que no me animé a mirar. El olor a cuerpos quemados llenaba la ciudad de Nagasaki…

Al brindar su testimonio dijo que han pasado 72 años de aquella barbarie y los hibakushas siguen su activismo para que el mundo conozca la monstruosidad de un ataque nuclear. Las enfermedades que provocan las radiaciones son hereditarias, es un terrible legado para nuestros hijos, agregaba.

Los asistentes al Foro, efectuado en la Casa de la Amistad, quedaron sobrecogidos al escucharla, compartiendo sus ideales y abrazando con compromiso su mensaje de paz al mundo.

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