Entre los días el 16 y 18 de septiembre de 1982 tuvieron lugar los hechos de Sabra y Chatila, los han trascendido a la historia como uno de los más cruentos y controvertidos que se hayan registrado en la convulsa región del Medio Oriente. Se conmemoran 30 años de esta horrible masacre.
Sabra y Shatila eran dos campos de las Naciones Unidas para albergar a los refugiados palestinos en las afueras de la ciudad de Beirut, capital de la República del Líbano. Durante aproximadamente 40 horas dentro de estos rodeados y sellados campos, miembros de la Milicia Falangista libanesa aliados de Israel; violaron, asesinaron e hirieron a una gran cantidad de civiles desarmados, la mayoría de ellos niños, mujeres y ancianos. Hasta la fecha se desconoce el número verdadero de víctimas, pero de lo que se tiene certeza es de fue este un hecho repudiable que el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas condenó con la resolución 521 del 19 de septiembre de 1982, seguida con una resolución de la Asamblea General del 16 de diciembre de 1982, la que calificó los hechos como: “acto de genocidio”.
La difusión por los medios de comunicación de esta incalificable masacre produjo un estremecimiento de horror en la opinión pública mundial y desde los más diversos sectores se alzaron airadas voces de protesta clamando el total esclarecimiento de los hechos y el castigo tanto de los responsables como de sus agentes actores.
A pesar de las pruebas de lo que el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas describió como una “masacre criminal” y de que en la memoria colectiva de la humanidad las masacres de Sabra y Chatila se encuentran entre los crímenes más espantosos del siglo XX, el hombre que fue considerado “personalmente responsable” de este crimen, Ariel Sharon entonces Ministro de Defensa israelí, así como sus secuaces y las personas que llevaron a cabo las masacres, jamás fueron perseguidas ni ajusticiadas por el horror cometido.
Aún cuando el pueblo palestino escucha los gritos de los masacrados y sabe que los autores de tan dolorosos crímenes gozan de total impunidad, continúan reclamando el derecho que vilmente le han arrebatado por años, la posibilidad de vivir en paz, con derecho a la autodeterminación y el retorno de los refugiados, así como Jerusalén este como capital. Lograr convertirse en el Estado 194 de las Naciones Unidas permitirá a Palestina ser en una nación oficialmente recocida pero jamás podrá borrar todo el dolor que el Estado sionista de Israel ha inflingido en su población durante seis décadas.
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