No se conformaron con asesinar a Rodolfo Rosell Salas. Se ensañaron con su cuerpo como lo atestiguaban las perforaciones en el cráneo y otras partes del cadáver, tirado en el bote a la deriva, el 13 de julio de 1962, en la bahía de Guantánamo.
En su horrendo crimen contra aquel humilde pescador, los infantes de marina apostados en la ilegítima base naval estadounidense demostraron ser dignos discípulos de los verdugos de Auschwitz (Polonia) y de otros campos de concentración durante la época de la Alemania nazi fascista.
Con el abominable hecho, los asesinos indicaron el camino a quienes tendrían la oportunidad de superarlos y perfeccionar sus métodos criminales en pleno siglo XXI, cuando el gobierno de George W. Bush orientó construir, a fines de 2001 en ese siniestro enclave militar del sureste de Cuba, lo que eufemísticamente denominó “campo de detención”.
En ese antro, que perdura en la actualidad, sufrieron torturas personas inocentes, muchas de ellos niños, capturados durante la invasión a Afganistán en busca de petróleo, con la increíble excusa de cazar terroristas.
Aquel verano de 1962 los marines instalados en esa base aeronaval, impuesta a Cuba desde 1903, cometieron esa salvaje afrenta, sin esperar que secaran sus lágrimas la esposa y los nueve hijos de Rubén López Sabariego, otro humilde pescador de Caimanera, a quien también mataron el 30 de septiembre de 1961.
Los dos asesinatos fueron objeto de duelo y repulsa populares, pero el de Rosell Salas llevó al clímax de la indignación, por la saña animal con que le privaron de la vida.
Personas familiarizadas con el hecho declararon, muchos años después, que la soldadesca norteamericana, insatisfecha luego de hundir punzones en aquella anatomía de 29 años, la golpearon hasta provocarle la irreversible hemorragia intracraneana.
Pareciera que con ese horrendo acto los marines norteamericanos habían agotado en esa víctima su repertorio de desmanes, pero no, prosiguieron engarzando contra Cuba el rosario de crímenes, provocaciones y agresiones.
Haber nacido pobre y adivinar el futuro promisorio que deparaba a todos la Revolución Cubana, fue suficiente para despertar la ira y la soberbia ancestrales del indeseado enemigo.
Rosell Salas vino al mundo en Baracoa, en 1932, época en que esa Primera Villa de Cuba era la más incomunicada y de las más pobres del país. Muy joven se trasladó a Caimanera y se incorporó a las Milicias Nacionales Revolucionarias.
Constituía puntal de la cooperativa pesquera de ese marítimo poblado, limítrofe con la base naval y marchó alegre el 11 de julio de aquel aciago año a cumplir con su faena diaria, luego de despedirse con un beso de Eloísa, la esposa que traía en su vientre a su tercer hijo y compartía con él la alegría de criar a los otros dos en medio de la alborada nueva.
Abordó el bote Dos Hermanas, sobre cuya popa lo encontraron destrozado y muerto 48 horas después, a cinco millas de Caimanera, lejos de la jurisdicción de la dantesca guarida yanqui.
A su vera, ladraba desconsolado el perro, que impotente presenció cómo los asesinos ultimaban a su amo mientras este procuraba tranquilamente el sustento para su familia.
Perseguían la respuesta violenta de las autoridades de la Revolución que les brindara el pretexto para invadir a la Isla, pero solo consiguieron la prueba de reafirmación revolucionaria y de condena al yanqui usurpador.
El multitudinario sepelio devino acto de repudio en el cual el pueblo, en el que siempre pervivirá Rodolfo, gritó a viva voz al peor enemigo de la humanidad que continuaría por el rumbo de la vergüenza y la dignidad, junto a la Revolución y a Fidel, como lo hace todavía más decidido, medio siglo después de esa horrenda fechoría. (Por Pablo Soroa Fernández, AIN)
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